Escuchó su voz y se giró para mirarlo. Sus ojos, tan azules y tan limpios como aquel mar que años antes compartió su secreto, la estaban buscando. Sus manos, como las de aquella época, guardaban el anhelo de hacerla suya.
Se habían conocido en un lugar profundo de su memoria. El tiempo, castigador de los sueños de los jóvenes, había hecho estragos en su humilde corazón. Ya no tenía el mismo movimiento, rítmico y alegre que lo caracterizaba en aquellos meses de estío, cuando era propiedad del que ahora la llamaba.
Sólo aquel amor podía salvarlos de una existencia vulgar. Sólo aquel amor, podía obrar milagros. Mas podía ser que ya fuera tarde y que ese mismo amor los condenase a amarse para siempre, llevando así una vida de esclavos mutuos.
Las horas pasaron en silencio. Sus miradas hablaban a gritos reprochándose los besos perdidos, las caricias que nunca se habían dado y la pasión que mitigó aquella puritana sociedad en su momento.
Ya nada sería lo mismo. Ellos tampoco eran los mismos. El viento de la soledad hiciera mella en sus sentimientos sin darles una tregua justa. Era tarde para ellos sí, pero sería la última carta que se jugarían con el destino.
Cuando ella se volvió para verlo, no sabía que ese simple gesto era el principio de una ilusión ya olvidada, el fin de una agonía cuya causa era la ausencia del ser amado. Porque cuando nuestra razón se olvida de su cometido y se abandona a los designios del sentir, le llamamos amor y le damos una cara, un nombre; a veces, es simplemente un motivo por el que seguir luchando, vivir y ser mejores para merecer al ser amado.
Qué injusta es la existencia cuando nuestras acciones sólo se encaminan al beneficio propio. Qué injusta la vida sin amor. Esa era el motivo el cual la empujaba a romper con todos los esteriotipo; a seguir el dictado de un corazón viejo que antaño fue joven y creyó comerse el mundo. Porque estando a su lado era fuerte; porque estando a su lado podía creer en un futuro mejor…
Que importaba lo sucedido. Él estaba ahora allí. El tren salía en un par de horas. O subir con él rumbo a un lugar incierto o marchitar las penas enclaustradas de su alma.
La decisión fue tomada. La historia de estas dos personas había comenzado de nuevo. Una nueva fuente de deseos e inquietudes nacía de los vestigios de lo que pudo haber sido, y que ahora será.
Premio Colegio Mayor Santa Clara año 2006
No hay comentarios:
Publicar un comentario