viernes, 26 de diciembre de 2008

Lucía

13 de enero del 2002. Llegaba tarde. Abrí la puerta y ahí, de pie, estabas tú. Al lado, el piano. Cómo iba a imaginar en aquel momento que ese sería el principio de todos mis males… o de todos mis deseos…
Todavía hoy veo como cae la tarde y se cuelan entre las ventanas de aquel aula los últimos rayos de sol del día. Días que fueron eternidades a tu lado, mi vida, eternidades que se convertían en segundos, porque estar a tu lado, nunca debió de tener fin.
El universo que cree a tu lado, me hizo feliz… feliz como la niña que era enamorada del amor de un hombre que nunca supo que lo quería. Entonces te observo tocar sentada a tu lado. Detienes la música y me observas con tus inmensos ojos azules y me conviertes así en la mujer más especial del mundo. Mujer que antes no era y ahora soy.
Nunca las horas tuvieron tantos recuerdos. Nunca la magia del amor y del deseo se apoderaron de mi cuerpo.
Me gustaría decirte que en este tiempo he vuelto a sentir lo mismo por alguien que me correspondía. Pero no puedo. No puedo mentir ni a mí ni al mundo de que ha aparecido alguien como tú. Porque todavía guardo los besos que nunca me distes; los regalos que nunca creaste y las sonrisas que nunca me dedicaste. Porque hubo un tiempo que la felicidad tenía seis letras que eran tu nombre, espero que donde quiera que estés, a través de las múltiples conexiones que en la red se entemezclan, te lleguen mis últimos recuerdos…


Te sigo queriendo, amor mío…



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